Había estado investigando, haciendo preguntas discretas a algunos empleados del supermercado que conocía. Finalmente, alguien le había dado una pista. Luis vivía en un barrio al otro lado de la ciudad, un lugar donde las casas eran modestas, pero llenas de vida, donde las familias se conocían entre sí y se ayudaban mutuamente. Mientras tanto, en ese mismo barrio del que Patricia había obtenido la dirección, Luis despertaba en su pequeño apartamento. Las paredes necesitaban una nueva capa de pintura y los muebles habían visto mejores días, pero era su hogar, o al menos lo había sido hasta que perdió su trabajo.
Buenos días, Luis, saludó doña Carmen, su vecina, mientras él salía de su apartamento. ¿Ya conseguiste algo? Todavía no, doña Carmen, pero hoy voy a intentar en la zona industrial. Dicen que están contratando ayudantes. Eres un buen muchacho, Luis. Ya verás que pronto encontrarás algo. Ten fe. Fe. Qué palabra tan difícil de sostener cuando tienes el estómago vacío y el alquiler vencido. Luis caminó por las calles de su barrio, observando como los comerciantes abrían sus negocios, como los niños corrían hacia la escuela, como la vida continuaba su curso normal.
mientras la suya parecía haberse detenido. Tú que estás leyendo esto, tal vez nunca hayas experimentado la desesperación de no saber de dónde vendrá tu próxima comida. Tal vez nunca hayas sentido el peso aplastante de la incertidumbre financiera, pero para Luis esos sentimientos se habían convertido en compañeros constantes desde aquella mañana en el estacionamiento. Pasó el día yendo de un lugar a otro. En la fábrica de textiles no necesitaban personal. En el taller mecánico ya habían cubierto la vacante.
En la tienda de materiales de construcción le dijeron que volviera en un mes. Cada rechazo era como un golpe más a su autoestima, que ya estaba por los suelos. Al caer la tarde, cuando el sol comenzaba a teñir el cielo de naranja, Luis se encontró en la plaza principal de su barrio. Se sentó en una banca exhausto y desanimado. Fue entonces cuando vio algo que le ofreció una pequeña esperanza. Un cartel en la iglesia anunciaba que necesitaban ayuda para repartir alimentos a familias necesitadas.
No era un trabajo remunerado, pero al menos le darían una comida al día a cambio de su tiempo. Es mejor que nada, pensó mientras se dirigía a hablar con el padre Ramón. Mientras Luis intentaba reconstruir los pedazos de su vida, Patricia tomaba una decisión que cambiaría todo. No podía seguir simplemente pensando en él. Necesitaba hacer algo. Necesitaba al menos intentar compensar de alguna manera el daño involuntario que le había causado. Voy a salir un rato, mamá, anunció después del desayuno.
¿A dónde vas? Recuerda que esta tarde tienes la prueba del vestido con la modista. Lo sé. Volveré a tiempo, Patricia. Últimamente te noto muy distraída. ¿Está todo bien? No estarás teniendo dudas sobre Eduardo, ¿verdad? Dudas. tenía un océano de dudas, pero decirle eso a su madre sería abrir una caja de Pandora que no estaba lista para enfrentar todavía. Todo está bien, mamá. Solo necesito aire fresco. Condujo hacia el barrio donde vivía Luis, sintiendo como su corazón latía más rápido con cada kilómetro.
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