Tu padre y yo necesitamos hablar contigo dijo su madre con ese tono formal que nunca presagiaba nada bueno. ¿Qué sucede, mamá? Hemos notado que has estado muy distraída últimamente, saliendo a lugares extraños, llegando tarde a tus compromisos. Hay algo que debamos saber. Patricia sintió como su corazón se aceleraba. Habrían descubierto sus visitas al barrio de Luis. Alguien la habría visto. Solo he estado dando vueltas, mamá. Necesitaba aire, tiempo para pensar. Pensar en qué. Tu vida está perfectamente planificada.
La ceremonia está a pocas semanas. Eduardo es un excelente partido. ¿Qué más hay que pensar? Mamá, yo nunca pedí ese compromiso. Nunca me preguntaron si quería casarme con Eduardo. El silencio que siguió fue tenso. Su padre, que había permanecido callado hasta ese momento, finalmente habló. Patricia, este matrimonio es importante para ambas familias. Hemos invertido mucho en estos preparativos. No es momento para dudas infantiles. Dudas infantiles. Estamos hablando de mi vida. Estamos hablando del futuro de esta familia, del legado que hemos construido, de las responsabilidades que vienen con tu apellido.
Patricia sintió las lágrimas amenazando con brotar, pero las contuvo. No les daría la satisfacción de verla llorar. Necesito salir”, anunció levantándose de la mesa. “Patricia, no hemos terminado de hablar”, advirtió su madre. “Yo sí”, respondió y salió de la habitación antes de que pudieran detenerla. Condujo sin rumbo fijo al principio, pero eventualmente sus manos guiaron el volante hacia el barrio de Luis. Necesitaba ver algo real, algo genuino, algo que le recordara que existía un mundo más allá de las expectativas sofocantes de su familia.
Encontró a Luis en la plaza, sentado en el mismo banco donde habían conversado días atrás. Él la vio acercarse y una sonrisa involuntaria iluminó su rostro. Patricia, ¿está todo bien? ¿Te ves alterada? Necesitaba verte”, confesó sentándose a su lado. Necesitaba recordar que hay personas en este mundo que viven por elecciones propias, no por obligaciones impuestas. Luis escuchó mientras ella le contaba sobre la confrontación con sus padres, sobre la presión, sobre cómo se sentía atrapada en una vida que no había diseñado.
“¿Sabes?”, comenzó Luis después de un momento de silencio. Yo solía pensar que las personas con dinero lo tenían todo resuelto, que la única preocupación real en la vida era tener suficiente para comer y pagar las cuentas. Pero escuchándote me doy cuenta de que existen muchos tipos de pobreza y vivir sin libertad para elegir tu propio camino, eso es una pobreza diferente, pero igual de dolorosa. Patricia lo miró con ojos llenos de lágrimas. Exactamente. Y no sé qué hacer.
No sé cómo escapar de esto sin destruir todo. ¿Quieres saber qué haría yo?, preguntó Luis suavemente. Por favor, yo construiría mi propia vida pieza por pieza, no con grandes gestos dramáticos, sino con pequeñas decisiones diarias que me acerquen a la persona que quiero ser. Es lo que estoy haciendo ahora. Conseguí trabajo en construcción. No es glamuroso, pero es mío, es mi elección, mi esfuerzo, mi camino. Sus palabras resonaron profundamente en Patricia. Él tenía razón. No necesitaba una revolución inmediata.
Necesitaba comenzar a tomar decisiones, por pequeñas que fueran, que fueran suyas. En los días que siguieron, Patricia comenzó a hacer exactamente eso. Empezó visitando el barrio con más frecuencia, pero no solo para ver a Luis. Se involucró con la comunidad. Conoció a doña Carmen, quien le enseñó sobre las tradiciones del barrio. Ayudó en la distribución de alimentos en la iglesia. Poco a poco comenzó a descubrir una versión de sí misma que había estado dormida. Una tarde, mientras ayudaba al padre Ramón a organizar donaciones, él le hizo una pregunta que la hizo pensar, “Patricia, he notado que tienes un don especial con los niños del barrio.
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