—Cariño… no tengas miedo… si ves… la cicatriz.
¿Una cicatriz?
Y entonces lo recordé.
Años atrás, cuando yo y Julián éramos novios, él me había comentado algo extraño:
Mi padrastro tiene una cicatriz en la espalda… por eso mi familia vivió con miedo tanto tiempo. Cuando seas parte de la familia, te lo diré. Hasta entonces… no preguntes.
Siempre pensé que se trataba de una cicatriz común, quizá una cirugía o una antigua quemadura. Nunca imaginé que yo sería la primera en verla.
Con cuidado, le solté uno a uno los botones. Don Ricardo cerró los ojos y respiró profundo, como quien se prepara para revelar su vida entera. Cuando retiré la camisa, me quedé paralizada.
Una cicatriz larga, profunda, antigua, cruzaba toda su espalda. Pero no era su tamaño lo que me dejó sin aliento: era la historia que escondía.
Años atrás, Don Ricardo había salvado a una niña que cayó de una bicicleta y estuvo a punto de ser atropellada. Esa niña era yo. Su futura nuera. Me protegió con su propio cuerpo, llevándose heridas terribles que marcaron su vida para siempre.
Me quedé congelada. Sentí un nudo en la garganta. Él abrió los ojos, con lágrimas contenidas:
—Tenía miedo… de que tu madre me odiara, de que Julián me guardara rencor… pero nunca me arrepentí de haberte salvado.
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