Esa noche, al volver a casa, me encerré un momento para procesar todo. Cuando Julián llegó cerca de las diez, me vio pálida.
—¿Qué pasó? —me preguntó.
Respiré hondo.
—La cicatriz de tu papá… es porque salvó a alguien.
Los ojos de Julián se abrieron como si le hubieran revelado un secreto enterrado.
—¿Cómo… cómo lo sabes?
Le conté todo. Y él entendió. El hombre al que llamaba padrastro había arriesgado su vida para salvarme cuando yo era una niña, y había cargado ese silencio por temor a desatar una tormenta familiar.
Al día siguiente hablé con Don Ricardo. No se defendió ni puso excusas. Solo dijo:
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
