—Tienes razón, hija. Ya he corrido bastante.
Le pregunté por qué nunca lo dijo. Miró su caminador y respondió:
—Porque tenía miedo. Miedo de que la verdad lo cambiara todo. Solo quería vivir lo suficiente para que Dios me perdonara. Pero cuando viste la cicatriz… supe que ya no podía esconderme.
Buscamos atención médica especializada, y mi suegra lloró como si finalmente soltara un peso que también había cargado por años. Julián me tomó la mano con una mezcla de culpa y alivio.
Don Ricardo vivió un año más. Ese último año, libre del secreto, fue el más sereno de su vida.
Cuando falleció, armamos un pequeño altar de Día de Muertos. Su fotografía, rodeada de velas y cempasúchiles, parecía sonreír con una paz que jamás le había visto en vida.
Por primera vez, sentí que él —y yo— estábamos realmente en paz.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
