Parte 2 — El Jardín de Jacarandás

El sol se ponía sobre Querétaro cuando el portón azul se abrió nuevamente, ahora repintado, con el nombre “Hogar Jacarandá” grabado en letras doradas en la placa de la entrada. El olor a café fresco se mezclaba con el perfume de las flores recién plantadas. Era el primer día de funcionamiento oficial del refugio, y Carmen observaba todo con el corazón lleno: de recuerdos, de gratitud y, sobre todo, de paz.

Mujeres de cabellos canosos caminaban por el jardín, riendo, intercambiando confidencias, algunas todavía con los ojos llorosos por historias recientes de abandono. Carmen las acogía una por una, como quien abraza fragmentos de sí misma.

Marta, su inseparable amiga, supervisionaba la cocina.

—El olor es maravilloso —dijo Carmen, acercándose—. Va a ser un éxito.

Marta rio. —¿Éxito? Aquí lo que vale es el consuelo, mi amiga. Y nadie consuela con el estómago vacío.

Las dos rieron juntas. Era la primera carcajada verdadera que Carmen daba en mucho tiempo.

Por la tarde, Daniel llegó con Camila. Traía en las manos un plantón de jacarandá.

—Es para el jardín —dijo, tímido—. Pensé que podíamos plantarlo juntos.

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