Parte 2 — El Jardín de Jacarandás

Carmen sostuvo el plantón con cuidado, sintiendo la vida pulsar en aquellas raíces.

—Cada árbol nuevo es una promesa —respondió—. Y este va a crecer fuerte.

Camila ayudó a cavar el hoyo en la tierra blanda, ensuciándose las manos y riendo. Cuando terminaron, Daniel levantó los ojos hacia su madre.

—Nunca pensé que te vería sonreír así de nuevo.

Ella se secó el sudor de la frente y lo miró con ternura.

—Es porque el perdón libera, hijo. Y cuando uno se libera, hasta el aire parece más ligero.

Daniel bajó la cabeza. Todavía cargaba la culpa, incluso después de todo. Mas Carmen sabía: ciertas heridas cicatrizan despacio, como los árboles que crecen en silencio.

Con el tiempo, el Hogar Jacarandá se convirtió en un refugio conocido en la ciudad.

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