Parte 2 — El Jardín de Jacarandás

Llegaban mujeres de varios lugares: una profesora jubilada engañada por un sobrino; una costurera expulsada de su propia casa; una enfermera que había firmado un préstamo para su hijo y lo había perdido todo.

Carmen las escuchaba, les ofrecía té y refugio.

—Aquí nadie juzga —decía siempre—. Aquí, empezamos de nuevo.

Marta se encargaba de la contabilidad, Daniel ayudaba con las reparaciones, y Camila hacía dibujos coloridos que colgaban en las paredes del salón principal. Poco a poco, aquel lugar antes vacío se llenó de risas, olores, música y esperanza.

Cierta noche, una señora nueva llegó al portón. Estaba empapada por la lluvia, temblando. Se llamaba Helena, tenía sesenta y ocho años y había sido echada por su hija.

—No tengo adónde ir —dijo, llorando.

Carmen la acogió de inmediato. —Ahora tienes. Aquí, nadie duerme en la calle.

En los días siguientes, Helena demostró ser una mujer de alma dulce, pero de mirada distante.

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