Cierto atardecer, Daniel llegó al refugio con una expresión diferente. —Mamá, Camila y yo vamos a vivir aquí por un tiempo. Quiero ayudar de verdad, todos los días.
Carmen lo miró sorprendida, pero con orgullo.
—Esta casa es tuya también, hijo. Siempre lo fue.
A partir de ahí, Daniel se convirtió en la mano derecha de su madre. Reformó los dormitorios, instaló paneles solares, creó talleres para enseñar oficios a las residentes.
Poco a poco, él se transformó: no en el hombre que el dinero quería que fuese, sino en aquel que su madre siempre supo que él podía ser.
En un fin de tarde dorado, Carmen se sentó en la terraza, observando el jardín florido. Los pétalos lilas de las jacarandas danzaban al viento, cubriendo el suelo como una alfombra de recuerdos.
Marta trajo dos tazas de café.
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