Parte 2 — El Jardín de Jacarandás

—Porque papá dijo que la señora Valeria se arrepintió allá donde está, y que Dios perdona a quien entiende el error. Entonces la dibujé mirando desde aquí arriba, para que nosotros no nos olvidemos de perdonar también.

Carmen abrazó a su nieta, llorando en silencio. —Eres más sabia que todos nosotros, pequeña.

Más tarde, mientras las luces del refugio se apagaban, Carmen salió al jardín sola. Las flores de jacarandá caían despacio, cubriendo el camino. Levantó el rostro y murmuró: —Gracias, vida… por devolverme en amor todo lo que me quitaste en dolor.

En el cielo, una estrella brilló más fuerte. Y, en ese instante, Carmen tuvo la certeza: el perdón no es el fin de la justicia, es el inicio de la paz.

Entre flores lilas, risas y recuerdos, el Hogar Jacarandá siguió creciendo; no solo como un refugio de ladrillos, sino como símbolo de algo más grande: Que ningún golpe, ninguna traición y ninguna pérdida son capaces de vencer a una mujer que elige amar de nuevo.

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