Pendant dix longues années, cette serveuse a sauté des repas pour pouvoir nourrir quatre petites filles devenues orphelines. Elle a tout sacrifié en silence, sans jamais rien attendre en retour.

Emily salió lentamente, con las piernas débiles.

"¿Esto es... mío?"

"Tuyo. De verdad." "Aquí vivirás. Aquí respirarás."

Emily se llevó las manos a la cara y rompió a llorar. Las chicas la abrazaron de nuevo, como solían hacerlo, solo que hoy no era una sola mujer protegiendo a cuatro niños. Era una familia entera reunida.

Y en ese momento, Emily comprendió: la verdadera riqueza nunca había sido cuestión de dinero. Se trataba de lo que das cuando nadie te ve, de las vidas que levantas cuando todos los demás hacen la vista gorda.

Entonces, con la voz temblorosa, susurró entre sollozos:

"Mis oraciones han sido escuchadas... He recibido lo que di: una familia".

Esa noche, por primera vez en años, Emily se durmió sin miedo al mañana, rodeada de amor y, por fin, en casa.

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