“Mami… tengo hambre.”
Lucía apretó los labios para que no le temblaran. Mateo tenía apenas cuatro años, pero su pancita ya conocía un lenguaje que ningún niño debería aprender: ese vacío que no se calma con promesas. Ella le acarició el cabello con una mano, mientras con la otra sostenía una bolsa ligera, casi ridícula, con botellas plásticas vacías que había juntado durante el día.
“Ya vamos a comer algo, mi amor”, murmuró.
Pero la mentira le raspó la garganta. Esa semana había mentido demasiadas veces. Mentir no por costumbre, sino por supervivencia. Porque decir la verdad a un niño era como tirarlo al piso sin colchón.
El supermercado brillaba con luces de Navidad. Guirnaldas doradas, música alegre, gente empujando carritos repletos. Había olor a pan recién hecho y a canela, a algo que para Lucía sonaba a lujo. Buenos Aires estaba hermosa esa noche, como si la ciudad se hubiera puesto un vestido para celebrar… pero ella caminaba con zapatos gastados, cuidando cada paso para que Mateo no notara el miedo.
Mateo se detuvo frente a una montaña de pan dulce envuelto en papel brillante.
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