“¿Vamos a comprar uno este año? Como el año pasado con la abuela…”
El año pasado. Lucía sintió el golpe en el pecho. El año pasado su madre estaba viva. El año pasado tenía trabajo fijo limpiando casas, y aunque no sobraba nada, al menos había una mesa. Al menos había un techo que no se empañaba por dentro como el parabrisas del auto prestado donde dormían desde hacía dos semanas.
“No, mi cielo… este año no.”
“¿Por qué?”
Porque el mundo se rompe sin avisar. Porque la fiebre de tu hijo pesa más que cualquier turno de limpieza. Porque una jefa puede despedirte por faltar un día, aunque ese día tu niño arda en tus brazos en una sala de hospital. Porque el alquiler no espera, la comida no espera, y el dolor tampoco.
Lucía tragó saliva y forzó una sonrisa.
“Porque hoy vamos a hacer otra cosa. Vení, ayúdame a devolver las botellas.”
Cruzaron pasillos donde todo parecía decirles “sí” y, al mismo tiempo, “no es para ustedes”. Jugos, galletitas, chocolates, juguetes. Mateo miraba todo con ojos enormes.
“¿Puedo tomar juguito hoy?”
“No, amor.”
“¿Y galletitas? Las de chocolate…”
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