“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

“No.”

“¿Y las comunes…?”

Lucía respondió más duro de lo que quería, y vio cómo la carita de Mateo se apagaba, como una lucecita que se rinde. El corazón se le hizo polvo otra vez. ¿Cuántas veces se puede romper un corazón sin desaparecer por completo?

Llegaron a la máquina de reciclaje. Lucía metió una botella, luego otra. Sonidos mecánicos, números que subían despacio. Diez botellas. Diez oportunidades pequeñas. La máquina escupió un cupón.

Veinticinco pesos.

Lucía lo miró como si fuera una burla. Veinticinco. En Nochebuena.

Mateo se agarró de su mano con una esperanza que dolía.

“Ahora sí vamos a comprar comida, ¿verdad? Tengo mucha hambre.”

Lucía sintió que algo en ella cedía. Había sostenido el mundo con los dientes hasta ese momento, pero la mirada de su hijo, tan confiada, le partió la resistencia. No podía mentirle más. No esa noche.

Lo llevó a la sección de frutas y verduras. Brillaban las manzanas rojas, las naranjas perfectas, los tomates como si fueran joyas. Allí, rodeada de abundancia ajena, se arrodilló frente a él y le tomó las manitos.

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