“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

“Sí necesitan.”

La frase no fue cruel. Fue verdadera. Él la miró directo a los ojos.

“Los escuché. Y nadie debería pasar Navidad con hambre. Especialmente un niño.”

Se agachó a la altura de Mateo, con una sonrisa suave.

“Hola. Me llamo Sebastián.”

Mateo se escondió detrás de la pierna de su mamá, pero miró de reojo.

“¿Cómo te llamás?”

Silencio.

Sebastián no insistió. Solo preguntó:

“Decime una cosa… si pudieras cenar lo que quisieras esta noche, ¿qué sería?”

Mateo miró a Lucía, buscando permiso. Ella no entendía nada, pero en los ojos del hombre no había burla, ni lástima sucia, ni esa curiosidad que duele. Había algo más simple: humanidad.

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