“Podés contestar, amor”, susurró.
“Milanesas… con puré”, dijo Mateo casi sin voz.
Sebastián asintió como si acabara de recibir el pedido más importante del mundo.
“Perfecto. Esa también es mi cena favorita. Vení, me ayudás.”
Y empezó a caminar, empujando el carrito. Lucía lo siguió, con el corazón golpeándole las costillas, esperando en cualquier momento el truco, la condición, la humillación escondida. Pero no hubo nada de eso. Sebastián llenó el carrito con carne, papas, pan rallado, ensalada, jugo, frutas. Cada vez que Mateo señalaba algo, Sebastián lo agregaba sin hacer cuentas, sin suspirar, sin mirar el precio.
En la caja, pagó como quien paga un café. Lucía vio el número final y sintió vértigo: era más de lo que ella había ganado en dos semanas cuando todavía tenía trabajo.
“No podemos aceptar esto”, intentó decir, temblando.
Sebastián la miró serio.
“Lo que usted le dijo a su hijo… nadie debería tener que decir eso. Déjeme hacer esto, por favor.”
En el estacionamiento, Lucía caminó hacia el Renault viejo de la señora Paz. El auto parecía más triste al lado del Mercedes negro de Sebastián. Él lo entendió todo con una sola mirada: el desorden en el asiento trasero, la manta, la bolsita con ropa.
“¿A dónde van después de esto?”, preguntó.
El silencio fue una caída.
“A… ningún lado”, admitió Lucía al fin. “Dormimos acá.”
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