“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Sebastián dejó las bolsas en el suelo, se pasó una mano por el pelo, como si la realidad le pesara de golpe.

“Mi hotel tiene restaurante. Está abierto esta noche. Vengan a cenar conmigo. Después… vemos. Pero por lo menos esta noche no van a estar en un auto.”

Le dio una tarjeta: Hotel Emperador.

Lucía se quedó con el papel en la mano como si quemara. Cuando Sebastián se fue, Mateo tiró de su abrigo.

“Vamos a ir, mami. Vamos a comer milanesas.”

Lucía miró a su hijo, miró el auto, miró la tarjeta. No tenía otra opción. Y sin saberlo, al aceptar esa cena también estaba abriendo una puerta enorme… una puerta que podía salvarlos, o romperlos aún más si era una ilusión.

El restaurante parecía un mundo ajeno: manteles blancos, luces cálidas, música suave, flores frescas. Mateo no soltaba la mano de su mamá. Lucía, con ropa gastada, sentía que todos los ojos la atravesaban, aunque nadie la mirara realmente.

“Son mis invitados”, dijo Sebastián al mozo. “Pidan lo que quieran.”

Mateo comió despacio al principio, como si temiera que alguien le quitara el plato. Luego más rápido, con esa hambre vieja que no se cura en una noche. Lucía lo observaba y se le cerraba la garganta: su hijo decía que era “lo más rico que comió en toda su vida” y ella pensaba que eso era una tragedia disfrazada de frase bonita.

Sebastián no preguntó de inmediato. Habló de cosas simples, le preguntó a Mateo por dinosaurios. Mateo sacó del bolsillo un tiranosaurio pequeño, gastado, con marcas de uñas.

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