“Se llama Rex”, dijo, orgulloso. “Me protege cuando duermo.”
Sebastián lo miró con una tristeza contenida.
“Los tiranosaurios son los más fuertes”, respondió.
Más tarde, cuando Mateo ya estaba con chocolate en la mejilla del postre, Sebastián preguntó al fin, con respeto:
“Lucía… ¿cómo llegaron a esto?”
Y Lucía contó. La madre muerta. Los trabajos perdidos. El hospital. El desalojo. El padre que se fue cuando Mateo era bebé y nunca volvió.
Sebastián escuchó sin interrumpir, como si cada palabra le confirmara algo.
“Mi hotel necesita personal de limpieza”, dijo al final. “Contrato legal, horario, todo en regla. Y hay apartamentos para empleados. Son pequeños, pero dignos.”
Lucía lo miró con desconfianza, porque la esperanza también asusta.
“¿Por qué haría eso?”
“Porque necesito empleados”, respondió, y luego agregó, más bajo: “y porque ningún niño debería vivir en un auto.”
Al día siguiente Lucía volvió. La gerente, Patricia Méndez, le hizo una entrevista normal, sin morbo. A los tres días, Lucía y Mateo entraban por primera vez a un departamento con ventanas de verdad. Mateo corrió por los ambientes como si estuviera descubriendo un planeta.
“¿Es nuestro, mami? ¿De verdad?”
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