Camila permaneció inmóvil entre los árboles. El perfume de las flores que ella misma había elegido para “el día más feliz” se mezclaba con un sabor amargo y metálico. Se le secó la boca. La sangre le afluyó a los oídos. En su mente, como piezas de un rompecabezas, recuerdos que antes parecían inocentes empezaron a encajar: las preguntas de Rafael sobre contratos, proveedores, rutas logísticas; su emoción al escuchar “Acevedo Transportes”; su interés exagerado en “cómo funciona el poder notarial”.
No era amor. Era un plan.
“Además”, continuó Rafael, “el viejo ya está entrado en años. Con un pequeño empujón legal, Camila ni se dará cuenta. Todo quedará en familia”.
Las risas resonaron entre las palmeras como aplausos. Camila sintió que el vestido, momentos antes un símbolo de esperanza, ahora era una jaula de encaje.
Podía huir. Podía gritar. Podía detenerlo todo. Solo tenía que enfrentar a los invitados y decir la verdad.
Pero algo dentro de ella, algo nuevo, más frío y claro, se negaba a darle a Rafael una salida fácil.
Cancelar la boda lo liberaría sin consecuencias. Y Camila comprendió, con una claridad que le dolía, que ese hombre no era solo una decepción romántica: era un verdadero riesgo para cualquiera que confiara en él.
Respiró hondo, enderezó los hombros y se tocó el velo como si se pusiera una corona.
“Si cree que ha ganado…”, se dijo, “que siga pensando eso”.
Regresó por el mismo camino, con paso firme y expresión inquebrantable. Cuando apareció en el pasillo sembrado de pétalos que conducía al altar, nadie notó la transformación que acababa de operar en su interior.
Para los invitados, Camila seguía siendo la novia perfecta: elegante, serena, una figura blanca enmarcada por luces doradas. Pero en su interior, ya no era la misma mujer que, minutos antes, estaba a punto de vivir un cuento de hadas.
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