El corazón me latía con tanta fuerza que me dolía. Mi instinto me gritaba que estaba atrapada. Retrocedí, colocándome entre él y mi hermana, buscando desesperadamente una salida que no existía.
Dio un paso lento hacia adentro.
En ese momento lo comprendí.
Nadie había venido a salvarnos.
Levanté las manos con las palmas hacia afuera, intentando detenerlo, intentando parecer mayor, más valiente de lo que era.
"Mi hermana está enferma", dije rápidamente. "No tenemos nada que valga la pena llevar".
Soltó una risita breve y sin humor.
"Ah, ya lo sabemos", respondió.
Ya lo sabemos.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta principal se abrió.
Raúl volvió a entrar con una bolsa de plástico colgando de la mano. Observó la escena —el desconocido, la barra de metal, mi terror— y no se inmutó. Ni una sorpresa. Ni una confusión. Ni siquiera una vacilación.
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