“Lo sabemos”. Esa frase me heló la sangre. En ese momento, oí que se abría la puerta. Raúl volvió a entrar con una bolsa. Al ver la escena, no mostró sorpresa. Ni siquiera preocupación.
“¿Qué haces?” “¡¿Quién es este hombre?!”, grité.
Raúl suspiró con cansancio, como si yo fuera el problema.
“Javier, escúchame”, dijo. “Estoy endeudada. Muchísima. Y tú… tienes algo que me sirve.”
Me quedé sin palabras. El hombre de la barra metálica estaba apoyado en la pared, observándome. Raúl me explicó, sin mirarme a los ojos, que les había contado nuestra situación. Que sabía que trabajaba de noche, que estaba sola, que nadie nos vigilaba. Planeaba “convencerme” de que le entregara mis pocos ahorros, y que si no lo hacía… habría consecuencias.
Cuando me di cuenta de que estaba dispuesto a ponernos en peligro, algo se rompió dentro de mí. No grité. No lloré. Solo pensé en Lucía.
“Déjala fuera de esto”, dije. “Haré lo que quieras.” El hombre se acercó tanto que podía oler su aliento.
“Eso espero.”
Nos obligaron a sentarnos. Registraron el apartamento. Encontraron el sobre donde guardaba el dinero de meses limpiando rejas. No era mucho, pero les bastó. Antes de irse, el desconocido se inclinó hacia mí.
“No llames a la policía”, susurró. “Sabemos dónde vives”.
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