“Por pobreza, mis padres me vendieron a un hombre rico… pero lo que ocurrió en nuestra noche de bodas conmocionó a todos”.

"Es un buen hombre", insistió su padre. "Él te cuidará... a todos nosotros".

Los ojos hinchados y enrojecidos de su madre decían la verdad: esto no era un matrimonio, era una transacción. La voz de Matilda tembló. "¿Cuánto te ofreció?"

Walter tragó saliva. "Dos mil pesos".

Matilda contuvo la respiración. Era suficiente para salvar a su familia de la inanición.

"Papá...", susurró con el corazón roto, "¿me estás vendiendo?".

El silencio de Walter fue la respuesta.

Nueve días después, con un vestido que Arturo había pagado, Matilda caminó hacia el altar sintiéndose como si estuviera caminando hacia una tumba.

Su primer beso fue en el altar, frente a desconocidos, sin amor.

Esa noche, le temblaron las manos al entrar en su casa: la casa de un hombre que seguía siendo un desconocido, un hombre al que ahora estaba atada.

Cuando Arturo cerró la puerta del dormitorio, le dijo en voz baja:

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