"Matilda... antes de que pase algo esta noche, necesito decirte la verdad".
Matilda se sentó en el borde de la cama, con el vestido de novia estirado en la cintura. La habitación estaba demasiado silenciosa, salvo por el lejano tictac de un reloj sobre la cómoda. Arturo estaba a unos pasos de distancia, con las manos entrelazadas, incapaz de mirarla a los ojos.
“Sé que este matrimonio fue repentino para ti”, comenzó, con una voz más suave de lo que ella esperaba. “Pero no te traje aquí para hacerte daño”.
Matilda guardó silencio. No confiaba en su propia voz.
Arturo respiró temblorosamente. “Hay algo en mí que debo confesar antes de que hagamos suposiciones sobre lo que significa ser marido y mujer”. Hizo una pausa, reuniendo visiblemente valor. “Nací… diferente”.
Matilda frunció el ceño, sin saber qué significaba eso.
“Mi cuerpo”, continuó, “no es como el de otros hombres. No puedo…”. Se le quebró la voz. “No puedo estar con una mujer como suele ser un esposo. No puedo darle hijos. No puedo ofrecer… esa parte del matrimonio.”
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como un cristal frágil. Matilda esperaba que la asco o la ira la invadieran, pero lo que sintió fue algo inesperado: reconocimiento.
Entendía lo que significaba vivir en un cuerpo al que nunca se le permitía elegir. Entendía la vergüenza. La soledad. El silencio.
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