Arturo retrocedió como preparándose para el rechazo.
“Eres libre, Matilda”, susurró. “No te tocaré a menos que tú quieras. Puedes tener tu propia habitación si quieres. Solo pido… compañía. Alguien con quien hablar en la cena. Alguien con quien vivir. Ya no soporto el silencio.”
Por primera vez desde la boda, Matilda miró a Arturo y vio a un hombre que había vivido aislado, no por crueldad, sino por miedo a ser visto. Esa noche, no compartieron cama. Arturo durmió en la habitación de invitados. Matilda permaneció despierta mirando al techo, dándose cuenta de que el mundo nunca le había dado libertad... pero Arturo sí le había dado la opción.
En los días siguientes, su hogar permaneció tranquilo, pero en calma. Matilda exploró la finca y una tarde descubrió la biblioteca: cientos de libros llenaban los estantes.
Cuando Arturo la encontró leyendo, se limitó a decirle: «Lee lo que quieras. Nada en esta casa te está prohibido».
Era la primera vez en su vida que alguien le decía esas palabras.
Y por primera vez, Matilda sintió que algo despertaba en su interior, algo que nunca antes había conocido: la posibilidad.
Pasaron las semanas y la vida adquirió un ritmo inesperado. Matilda conoció la finca: los crujidos de los escalones del porche, el cálido olor a caballos en el establo, el silencio constante del trabajo en el campo. Arturo le enseñó a
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