“Por pobreza, mis padres me vendieron a un hombre rico… pero lo que ocurrió en nuestra noche de bodas conmocionó a todos”.

Llevaba las cuentas, administraba los suministros, supervisaba a los trabajadores.

Lo absorbía todo con una mente aguda y entusiasta que nunca antes se le había permitido expandirse.

Una tarde en el porche, al atardecer, Arturo preguntó con dulzura:

“Matilda… ¿eres infeliz aquí?”

Se tomó su tiempo.

“No”, dijo en voz baja. “Por primera vez… puedo respirar”.

Los ojos de Arturo se llenaron de lágrimas, pero no habló.

Poco después, Arturo enfermó, con fiebre y débil. Matilda lo cuidó día y noche: le refrescaba la frente, le traía caldo, lo mantenía con vida con silenciosa determinación.

Cuando finalmente abrió los ojos después de días de fiebre, la vio dormida junto a su cama.

“Te quedaste”, susurró.

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