“Soy tu esposa”, respondió ella.
A partir de ese momento, algo tácito cambió entre ellos: no romance, ni deseo, sino confianza. Compañerismo. Un vínculo construido no por la expectativa, sino por el cariño.
Los meses se convirtieron en años. Su hogar se volvió más cálido, más lleno, más acogedor, pero aún faltaba un sonido: la risa de los niños.
Un día, Matilda preguntó con dulzura: «Arturo... ¿y si adoptamos?»
La esperanza se iluminó en su rostro. «¿De verdad quieres eso?»
«Sí», dijo. «Una familia no nace. Una familia se elige».
Viajaron a un orfanato en Guadalajara, donde una niña asustada de siete años llamada Elena se aferró al marco de la puerta. Matilda se arrodilló y le ofreció la mano.
«Nos gustaría conocerte», dijo. «Y si te gustamos... nos gustaría ser tu familia».
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