"Mamá, basta. Lucas es mi hijo".
"¿Tu hijo?" Arqueó las cejas ligeramente. "¿Cómo puedes estar seguro? No sabes con quién estaba tu esposa antes de ti". "No hables de mí en tercera persona", espeté. "¡Es repugnante!"
"Solo quiero que no seas tonto, Caleb. Míralo, esa no es tu sangre".
Caleb se levantó de un salto, con la ira asomándose en su voz por primera vez:
"Cállate. Confío en mi esposa".
"Demuéstralo", dijo en voz baja, casi en un susurro. "Así todos se calmarán".
Se dio la vuelta.
"Esta conversación se acabó".
Pero Helen, al irse, dijo algo que resonó en mi cabeza:
"Algún día te darás cuenta de que tenía razón".
Destrucción
Pasaron dos semanas. Silencio. Parecía que la tormenta había pasado.
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