Lo primero que perciben los huéspedes al entrar en la mansión de Preston Hale en Aspen no es el arte impecable ni los candelabros, sino un silencio espeso que parece asfixiarlo todo.
Dos años antes, aquella casa vibraba con música y risas, escenario de fiestas legendarias donde Preston deslumbraba como mago tecnológico y Selene era coronada prueba viviente de que éxito, riqueza y belleza podían mezclarse.
Luego llegó la noche del accidente en la carretera de montaña, el metal retorcido, las sirenas atravesando la nieve y el niño pequeño mirando cómo se llevaban el cuerpo de su madre bajo una sábana blanca.
Desde esa noche, Timothy Hale, heredero de un imperio de apps y algoritmos, no ha pronunciado una sola palabra, encerrando su dolor en una fortaleza de silencio que nadie logra cruzar.
Los médicos lo llamaron mutismo selectivo desencadenado por trauma, entregaron diagnósticos, recetas y protocolos, pero en los rincones más silenciosos de la mansión, Preston lo rebautizó como castigo, una culpa clavada profundamente en sus huesos.
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