
Algunos invitados se ríen, otros intercambian miradas incómodas, y ya hay teléfonos levantados, intuyendo el potencial viral de una frase así, porque en un mundo hambriento de contenido, el sufrimiento se empaqueta como espectáculo.
Cerca de la ventana, Rina se estremece; la promesa la corta como viento frío, porque sabe que cuando los hombres ricos hacen declaraciones imprudentes, casi nunca pagan el costo emocional, pero quienes están debajo sí lo pagan siempre.
Se agacha para recoger un tenedor caído y queda a la altura de los zapatos de Timothy, viendo el cordón arrastrarse sobre el suelo y el zorro de peluche deslizándose peligrosamente hacia el vacío de sus dedos.
Sin pensarlo demasiado, alarga la mano y endereza al zorro, quitando una miga de la oreja de tela, sus dedos rozando los nudillos del niño con un toque tan ligero que parece pedir permiso para existir.
Los ojos de Timothy se posan en ella, asustados no por el contacto, sino por la suavidad, por la ausencia de exigencias, por un gesto que no lleva escondida ninguna pregunta sobre su progreso.
Rina susurra casi para sí misma que su hijo tiene el mismo juguete, que le muerde la oreja cuando tiene miedo y dice que sabe a coraje, y solo entonces recuerda que ha roto todas las reglas.
Los labios de Timothy tiemblan, sus dedos aprietan el zorro y, por primera vez en dos años, un sonido se mueve dentro de su pecho, no empujado por órdenes médicas, sino atraído por el reconocimiento.
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