
Su voz sale más pequeña de lo que cualquiera imaginaría, áspera por el desuso, envuelta en miedo y esperanza, mientras mira directamente a Rina y pregunta en un susurro firme si quiere ser su mamá.
La habitación se congela; la música se detiene a medio compás, las copas quedan suspendidas antes de tocar los labios y cada conversación se derrumba en un silencio atónito que rompe dos años de quietud.
Los inversores miran boquiabiertos, los periodistas abren los ojos, los teléfonos se alzan más, grabando un momento íntimo convertido en contenido futuro, porque el mundo se ha entrenado para devorar milagros y tragedias con idéntico apetito.
La copa de Preston se escurre de su mano, el champán salpica el mármol, y él corre hacia su hijo con las rodillas temblando, oyendo una voz que creía perdida por castigo merecido.
Le suplica que lo repita, que diga lo que sea, con la voz rota y las manos suspendidas cerca de Timothy, como si tocar algo tan frágil pudiera deshacer el milagro en un segundo.
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