En los días siguientes, la imagen de Rina circula sin consentimiento; desconocidos diseccionan su postura, su ropa y su rostro, decidiendo si parece suficientemente humilde para merecer el cuento o suficientemente astuta para perseguir fortuna.

Los programas de tertulia invitan a terapeutas y abogados para preguntarse si la promesa de Preston es una oferta legalmente vinculante, si Rina podría reclamar algo o si todo fue solo teatro público.
Mientras tanto, el dueño del piso de Rina le desliza una nota amable bajo la puerta, vecinos antes indiferentes la saludan emocionados, y la agencia de limpieza le advierte que no avergüence a la empresa en entrevistas futuras.
En la mansión, Timothy se aferra a ella durante su siguiente turno, ignorando a los especialistas carísimos que aguardan en otras habitaciones, describiéndola en fragmentos torpes como “ropa tibia y canela”, recuerdo vivo de su madre perdida.
Preston observa ese vínculo con mezcla de asombro y pánico, entendiendo que Rina ha llegado a una parte de su hijo que él no puede tocar, mientras su promesa impulsiva crea expectativas imposibles de ignorar.
A puerta cerrada, los abogados le suplican que se retracte o matice lo dicho, advirtiendo sobre consecuencias legales, daños reputacionales y accionistas alérgicos a dramas emocionales capaces de distraer la atención de las ganancias y fusiones.
Proponen un relato más suave: ofrecer a Rina una beca, un ascenso o un fondo para su hijo, enmarcando todo como filantropía, desinfectando la conexión hasta convertirla en gesto corporativo cómodo para cualquier junta directiva.
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