La boda fue íntima, emotiva, perfecta. Pero la verdadera historia comenzó aquella noche, cuando llegamos al pequeño hotel rural que habíamos reservado para nuestra luna de miel. Aún llevaba en la piel el temblor de los bailes y los abrazos recibidos.
Javier me tomó de la mano, respiró hondo y dijo con voz quebrada:
—María… antes de seguir adelante, necesito contarte algo que no he tenido el valor de decirte.
Me quedé inmóvil. Él bajó la mirada. Y entonces, con una sinceridad que me heló la sangre, soltó la frase que cambiaría mi noche… y mi vida.
—No soy el hombre que tú crees. Hay algo importante que te he ocultado todos estos meses…
Y allí terminó la calma.
El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que podía oír mis propios latidos. Javier se pasó una mano por el cabello, nervioso, como si esperara que yo huyera en cualquier momento. Yo solo podía mantenerme rígida, mirando su rostro que, por primera vez desde que nos reencontramos, parecía envejecido por la culpa.
—Habla, Javier —susurré, intentando controlar el temblor en mi voz.
Se sentó en el borde de la cama y respiró hondo, como si aquello que iba a decirle estuviera atormentándolo desde hacía mucho tiempo.
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