Yo toqué esa puerta pensando que mi mamá iba a abrazarme. Pensé que iba a llorar de alegría. 17 años sin verme en persona, 17 años mandando dinero cada quincena, 17 años creyendo que todo estaba bien. Pero cuando abrió la puerta y me vio parada ahí con mi maleta en la mano, su cara no mostró felicidad, mostró terror. Y en ese momento supe que algo estaba muy mal, algo que ella había estado ocultando durante mucho tiempo, algo que iba a romperme por dentro.
Esta es la historia de cómo regresé a mi pueblo sin avisar y descubrí que mi mamá me había estado mintiendo todo ese tiempo. Me llamo Camila Hernández y tengo 44 años. Nací en San Miguel de Las Palmas, un pueblo pequeño en Zacatecas, México. Un lugar donde todos se conocen, donde las calles no tienen nombre, pero todos saben dónde vive cada familia, donde las campanas de la iglesia marcan las horas del día. Yo me fui de ahí cuando tenía 27 años.
No fue porque quisiera, fue porque tuve que hacerlo. Mi papá había muerto 6 meses antes. Dejó deudas, dejó una casa a medio construir. Dejó a mi mamá, doña Rosalía, con tres hijos. Yo, mi hermana Elena y mi hermano Ángel, que entonces tenía apenas 14 años. Alguien tenía que sostener a la familia y ese alguien fui yo. Recuerdo el día que me subí al autobús rumbo a Tijuana. Mi mamá lloraba. Ángel me abrazó fuerte y me dijo, “No te preocupes, Camila.
Yo voy a cuidar a mamá.” Elena me dio una estampa de la Virgen de Guadalupe y me dijo, “Que Dios te proteja, hermana.” Yo no lloré ese día. No podía. Tenía que ser fuerte. Crucé la frontera como pude. No voy a entrar en detalles, pero fue difícil, muy difícil. Llegué a Los Ángeles sin conocer a nadie, sin hablar bien el inglés, con $300 en la bolsa. Conseguí trabajo limpiando casas, después limpié oficinas, después trabajé en un restaurante.
Después volví a las casas, siempre trabajando, siempre mandando dinero. Cada 15 días sin falta yo enviaba mi giro. $500, 600, a veces 800 cuando había trabajo extra. Mi mamá me llamaba y me decía, “Que Dios te bendiga, hija. Aquí todo está bien. No te preocupes por nosotros.” Y yo no me preocupaba, yo confiaba. Con ese dinero arreglamos la casa, le pusimos piso nuevo, compramos una estufa de gas, arreglamos el baño, pagamos las medicinas de mi mamá cuando le detectaron diabetes, pagamos la operación de mi hermana cuando tuvo a su bebé.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
