Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

Camila, tú puedes ayudar. Tú siempre has ayudado. Y ahí estaba la pregunta que yo sabía que vendría. La expectativa, la carga. ¿Iba a volver a salvarlos? ¿Iba a volver a sacrificarme por errores que no eran míos? No supe qué contestar porque una parte de mí quería decir que sí, porque era mi familia, porque eran mi sangre. Pero otra parte de mí, otra parte de mí quería gritar que no, que ya había dado suficiente, que ya había perdido suficiente y no sabía cuál de esas dos partes iba a ganar.

Los siguientes días fueron los más difíciles de mi vida, más difíciles incluso que todos los años que pasé en Los Ángeles trabajando sola, porque al menos allá tenía esperanza, tenía un propósito, creía que estaba construyendo algo, pero ahora, ahora no sabía qué estaba haciendo. No sabía qué quedaba. Mi hermano ángel no apareció. Le mandé mensajes. No contestó. Le marqué. no contestó. Le dejé audios diciéndole que necesitaba hablar con él. Nada. Mi hermana Elena vino a verme al tercer día.

Llegó con su hijo pequeño, me abrazó y me dijo, “Camila, yo no sabía todo. Te lo juro. Mamá me ocultó muchas cosas a mí. También le creí porque Elena siempre había sido diferente. Ella se casó, tuvo su familia, se alejó un poco, no dependía del dinero que yo mandaba. Tenía su vida, pero igual me dolió porque si ella sabía, aunque fuera un poco, ¿por qué no me dijo nada? Yo traté de hablar con Ángel, me dijo Elena.

Muchas veces le dije que parara, que estaba destruyendo todo, pero él no me escucha. Y mamá, mamá lo defiende siempre. Sí, eso ya lo sabía. Esa tarde vino mi tía Consuelo, la hermana de mi mamá, la que me había colgado el teléfono aquella noche. Llegó con un pastel de elote y cara de culpa. Camila, me dijo, “perdóname por no haberte dicho nada. Tu mamá me hizo jurar que no te dijera. Me dijo que ella iba a resolver las cosas.

Yo no quería mentirte, pero es mi hermana. No podía traicionarla. ¿Y traicionarme a mí sí podías? Le pregunté. Ella agachó la cabeza. Tienes razón. Lo siento. Todos lo sentían. Todos pedían perdón, pero nadie había hecho nada para evitar esto. Nadie me había avisado, nadie me había protegido. Los vecinos ya no solo desviaban la mirada, ahora algunos se acercaban, me decían, “Ay, Camila, qué pena lo de tu hermano. Qué difícil situación, ¿verdad? Tú que trabajaste tanto.” Sus palabras sonaban a lástima y yo odiaba esa lástima.

No la quería. No la necesitaba. Una mañana, mientras estaba sentada en la sala vacía de mi casa, tocaron la puerta. Era una mujer que yo no conocía. Se presentó como representante del banco. Traía más papeles, más avisos. Me explicó la situación legal. La casa estaba a nombre de mi mamá. Mi mamá había firmado la hipoteca. Si no pagaban en los próximos 30 días, el banco iniciaría el proceso de embargo. ¿Y si pagamos?, pregunté. Si pagan la totalidad de la deuda, la casa vuelve a estar libre, dijo ella.

La totalidad, 200,000 pesos más los intereses más las multas, eran casi 250,000 pesos. Yo tenía ahorros, tenía el dinero que había guardado durante años en Los Ángeles, dinero que estaba ahorrando para para qué exactamente, nunca lo supe. Tal vez para comprarme un día mi propia casa, tal vez para el futuro, tal vez para una emergencia. Y esto no era una emergencia. Pero si pagaba, ¿qué iba a pasar? Ángel iba a cambiar, mi mamá iba a dejar de protegerlo o iba a volver a pasar lo mismo dentro de unos meses.

La mujer del banco se fue, me dejó los papeles, me dejó con la decisión. Esa noche hablé con mi mamá. Mamá, le dije, si yo pago esta deuda, necesito que me prometas algo. Ella me miró con esperanza. Lo que sea, hija. Necesito que Ángel se vaya de esta casa. Necesito que busque ayuda. Necesito que no vuelvas a darle dinero. Necesito que pongas límites. Su cara cambió. La esperanza se convirtió en duda, en miedo. Pero hija, es tu hermano.

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