No puedo echarlo. Si puedes, le dije. Porque si no lo haces, yo no voy a pagar nada y vamos a perder la casa. Y va a ser tu decisión, no la mía. Ella empezó a llorar. Camila, no me hagas elegir entre mis hijos. No te estoy haciendo elegir, le dije. Te estoy pidiendo que protejas lo que queda de esta familia, porque si Ángel sigue aquí va a destruir todo otra vez. Pero ella no podía, no podía hacerlo porque para ella Ángel siempre iba a ser el bebé, el hijo hombre, el que necesitaba protección.
Y yo siempre iba a ser la fuerte, la que aguanta, la que resuelve. Pasaron los días, yo no dormía, no comía bien, me la pasaba sentada en esa sala vacía pensando, pensando en todo lo que había perdido, en todos los años que di, en todo lo que sacrifiqué. Pensaba en las casas que limpié en Los Ángeles, en las rodillas que me dolían, en las manos agrietadas, en las noches que lloré de cansancio, en las Navidades que pasé sola, en los cumpleaños que nadie me celebró, en la vida que no viví.
¿Y para qué? para terminar aquí, en esta casa vacía, con una familia rota, con una madre que me mintió y un hermano que huyó. Una tarde, mientras caminaba por el pueblo, vi a un grupo de hombres afuera de una tienda. Reconocí a uno. Era uno de los que había venido a cobrar. Me vio, se acercó. ¿Ya pensaste en cómo van a pagar?, me preguntó. Todavía no, le dije. Pues piénsale rápido, dijo, porque tu hermano no aparece y alguien tiene que responder.
Yo no tengo que responder por las deudas de mi hermano, le dije. Pues tu mamá firmó unos papeles dijo él, y tu mamá vive en esa casa, así que sí tienen que responder. Me fui de ahí temblando, asustada, enojada. Todo se estaba desmoronando y yo estaba en medio tratando de decidir si iba a salvarlos otra vez o si finalmente iba a salvarme a mí misma. Han pasado varias semanas desde que llegué a San Miguel de Las Palmas, varias semanas desde que descubrí la verdad y todavía estoy aquí tratando de entender, tratando de sanar, tratando de decidir qué voy a hacer con mi vida.
He aprendido muchas cosas en estas semanas, cosas dolorosas, cosas que nunca imaginé que tendría que aprender. Aprendí que el amor no siempre es suficiente. Yo amaba a mi familia, yo di todo por ellos, pero mi amor no fue suficiente para protegerme de sus mentiras, no fue suficiente para evitar que me traicionaran. Aprendí que el sacrificio no siempre es valorado. Durante 17 años yo me sacrifiqué. Dejé mi vida, trabajé hasta el cansancio, mandé cada centavo y pensé que eso significaba algo.
Pensé que mi familia iba a cuidar lo que yo construí, pero no lo hicieron. Aprendí que las madres no siempre son justas. Yo crecí creyendo que mi mamá nos amaba a todos por igual, pero la verdad es que ella siempre tuvo un hijo favorito y ese hijo no fui yo. Por más que yo hiciera, por más que yo diera, nunca fui la prioridad. Aprendí que la familia no siempre es un lugar seguro. Yo crecí escuchando que la familia es lo más importante, que la sangre es sagrada, que uno siempre tiene que estar ahí para los suyos.
Pero nadie me dijo que a veces la familia también te puede hacer daño, que a veces la familia te puede mentir, que a veces la familia te puede usar. Y aprendí algo más, algo que me costó mucho aceptar. Aprendí que cuidar de mí misma no es egoísmo, es supervivencia. Durante toda mi vida yo pensé que ser buena hija significaba darlo todo, significaba sacrificarme, significaba poner a mi familia antes que a mí. siempre, pero ahora entiendo que eso estaba mal, porque yo también importo, mi vida también importa, mis sueños, mis necesidades, mi bienestar, todo eso también importa.
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