Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

No soy egoísta por querer protegerme. No soy mala hija por poner límites. No soy traidora por decir, “Ya no puedo más.” Soy humana y los humanos tenemos derecho a cuidarnos, a protegernos, a no cargar con todo el peso del mundo. He pensado mucho en mi papá, en la promesa que le hice. Cuida a tu mamá, cuida a tus hermanos. Y yo cumplí esa promesa. Durante 17 años la cumplí, pero nunca me dijo, “Cuídate a ti también, Camila.

No te pierdas en el camino. Tal vez si me hubiera dicho eso, las cosas habrían sido diferentes. He hablado con otras mujeres del pueblo, mujeres que también se fueron a Estados Unidos, mujeres que también mandaron dinero durante años y muchas de ellas me han contado historias parecidas. Familias que gastaron mal el dinero, hijos que se volvieron irresponsables, madres que mintieron para proteger a alguien. Parece que esta historia se repite una y otra vez. Las hijas que se van, las hijas que trabajan, las hijas que sostienen y las familias que toman y toman hasta que ya no queda nada.

Una de esas mujeres me dijo algo que me quedó grabado. Camila, tú no puedes salvar a alguien que no quiere ser salvado y no puedes incendiar tu vida para mantener caliente a alguien más. Tiene razón. Ángel no quiere cambiar. Mi mamá no quiere poner límites y yo no puedo obligarlos. Lo único que puedo hacer es decidir qué voy a hacer yo con mi vida, con mi futuro. Y esa decisión, esa decisión me la he estado evitando porque es difícil, porque duele, porque significa aceptar que no puedo arreglar esto, que no puedo salvarlos, que tal vez tal vez ya es hora de que me salve a mí misma.

A veces pienso en los 17 años que pasé en Los Ángeles, en todo lo que no hice. No tuve hijos, no me casé, no compré una casa, no viajé, no viví, solo trabajé y mandé dinero y confié. Y ahora me pregunto, ¿valió la pena? La respuesta duele, porque no. No valió la pena así. No de esta manera, no terminando en mentiras y traiciones. Pero tal vez, tal vez algo bueno puede salir de esto. Tal vez puedo aprender, puedo crecer, puedo empezar de nuevo.

Tengo 44 años. No es tarde para vivir. No es tarde para ser feliz. No es tarde para construir una vida que sea mía, no de mi familia, no de las expectativas, no del deber mía. Si estás escuchando esta historia y has vivido algo parecido, quiero que sepas algo. No estás sola, no estás loca y no eres egoísta por querer más. Mereces ser valorada. Mereces la verdad. Mereces una familia que te cuide tanto como tú la cuidas a ella.

Y si no la tienes, está bien alejarte, está bien protegerte, está bien decir ya no más, porque a veces la verdad duele más que la distancia, pero al menos la verdad te libera. Hoy es mi último día en San Miguel de Las Palmas. Ya tomé mi decisión. No voy a pagar la deuda. No voy a salvar la casa. No voy a seguir cargando con errores que no son míos. Le dije a mi mamá esta mañana. Lloró, me suplicó, me dijo que era mi obligación, que era mi familia, que no podía abandonarlos así.

Le contesté, “Mamá, yo no los estoy abandonando. Ustedes me abandonaron a mí hace mucho tiempo, cuando decidieron mentirme, cuando decidieron que mi sacrificio no importaba, cuando decidieron proteger a Ángel en lugar de proteger la verdad. Ella no entendió o no quiso entender. Tal vez nunca va a entender, pero ya no es mi responsabilidad hacer que entienda. Mi hermana Elena vino a despedirse. Me abrazó fuerte. Me dijo, “Te entiendo, Camila. Yo hubiera hecho lo mismo. No sé si es verdad, pero se sintió bien escucharlo.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.