Me senté en el piso de esa cocina lujosa y lloré. Lloré como no había llorado en años. Lloré por el cansancio, por el miedo, por la incertidumbre, por la sospechable de que algo estaba muy mal. La señora para la que trabajaba me encontró así. Me preguntó qué me pasaba. Yo no le pude explicar, solo le dije, “Necesito ir a México. Necesito ver a mi familia.” Ella fue muy amable. Me dijo, “Tómate el tiempo que necesites, Camila. La familia es lo primero.” Esa noche tomé la decisión.
Iba a regresar a San Miguel de Las Palmas sin avisar. Sin darle tiempo a mi mamá de prepararme otra mentira, iba a llegar y ver con mis propios ojos qué estaba pasando. Tenía miedo, mucho miedo, porque cuando una decide buscar la verdad, tiene que estar preparada para encontrarla. Y la verdad no siempre es lo que una quiere escuchar, pero ya no podía seguir viviendo con esa angustia. Necesitaba saber, aunque me doliera, aunque me destruyera, necesitaba saber. Pedías de descanso en todos mis trabajos.
Fue la primera vez en 17 años que hacía algo así. Mis jefas se sorprendieron. Una me dijo, “¿Estás segura, Camila? ¿Todo bien?” Le contesté, “Necesito ir a México. Es urgente. Saqué dinero de mis ahorros. No mucho, porque nunca tuve mucho, pero lo suficiente para el viaje. Compré un boleto de autobús de Los Ángeles a El Paso. Era más barato que el avión y además yo necesitaba tiempo para pensar, para prepararme. El autobús salió un martes por la noche.
Me subí con una maleta pequeña y mi mochila. Adentro llevaba ropa, algunos regalos que había comprado hacía meses para mi mamá y una foto vieja de mi papá. No sé por qué llevé esa foto. Tal vez porque sentía que lo necesitaba conmigo. El viaje fue largo, muchas horas mirando por la ventana, desierto, carreteras oscuras, luces de ciudades lejanas. Yo casi no dormí, solo pensaba. Pensaba en la última vez que había estado en mi pueblo hacía 17 años.
Yo era otra persona. Entonces era joven, tenía esperanza. Creía que iba a regresar pronto, que solo iba a trabajar unos años y volvería. Pero los años pasaron y yo seguía allá y mi familia seguía acá y la distancia se hizo más grande. No solo en kilómetros, en tiempo, en vida. Recordaba la casa, la casa donde crecía, pequeña, de adobe, con piso de cemento, pero era nuestra. Y yo la había arreglado con mi dinero. Yo había mandado para el piso de mosaico, para la estufa, para los muebles, para todo.
¿Cómo estaría ahora esa casa? ¿Seguiría en pie? ¿Seguiría siendo nuestro hogar? El autobús llegó a el paso en la mañana. Bajé adolorida. Me dolía el cuerpo, me dolía el alma. Caminé hasta la frontera. Crucé el puente internacional a pie. Cada paso se sentía pesado, como si estuviera caminando hacia algo irreversible. Del lado mexicano tomé otro autobús hacia Zacatecas. Más horas de camino, más paisajes conocidos, montañas, pueblos, iglesias viejas. Todo me resultaba familiar y extraño al mismo tiempo.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
