Durante el viaje recordé una promesa que le hice a mi papá antes de que muriera. Él estaba en su cama muy enfermo, muy débil. Me agarró la mano y me dijo, “Camila, tú eres la más fuerte. Cuida a tu mamá, cuida a tus hermanos, no los dejes solos.” Y yo le prometí, le prometí que iba a cuidarlos, que no los iba a abandonar. Y cumplí esa promesa. Durante 17 años la cumplí. Trabajé, mandé dinero, sacrifiqué mi vida por ellos.
¿Y para qué? Para que me mintieran, para que me ocultaran cosas. No, no podía pensar así. Todavía no sabía qué estaba pasando. Tal vez tenía una explicación, tal vez todo tenía sentido, pero en el fondo yo sabía que no. En el fondo yo ya sabía que algo estaba roto, que algo se había perdido y que cuando llegara a mi pueblo nada iba a ser como yo esperaba. El autobús finalmente llegó a la estación de Zacatecas. De ahí tomé un camión local hacia San Miguel de Las Palmas.
Era un camión viejo de esos que van parando en cada ranchería. Yo iba sentada junto a la ventana viendo pasar el paisaje. El cielo estaba gris. Parecía que iba a llover. Cuando el camión se acercó a mi pueblo, mi corazón empezó a latir muy rápido, muy fuerte, como si quisiera salirse de mi pecho. Yo iba a descubrir la verdad. Quisiera o no, estuviera lista o no. Iba a saber qué era lo que mi mamá me había estado ocultando.
El camión me dejó en la entrada del pueblo junto a la tiendita de don Jacinto. Eran como las 6 de la tarde. El sol empezaba a esconderse, hacía frío. Bajé con mi maleta. El chóer me miró y me dijo, “Bienvenida, señorita.” Yo le di las gracias. Me quedé parada ahí un momento mirando alrededor. Todo se veía igual y a la vez todo se veía diferente. La tienda de don Jacinto seguía ahí, la iglesia, la plaza, las calles de tierra, pero había algo en el aire, algo pesado, algo que no podía explicar.
Empecé a caminar hacia mi casa. Jalaba mi maleta por la calle. Algunas personas me vieron pasar. Reconocí a la señora Lupita, que vivía cerca de la iglesia. Ella me miró fijamente. Yo le sonreí. Ella no me devolvió la sonrisa, solo agachó la cabeza y siguió caminando. Eso me extrañó. La señora Lupita siempre había sido muy amable conmigo. Cuando yo era niña, me regalaba dulces. Me preguntaba por la escuela, por qué ahora me evitaba. Seguí caminando. Más adelante vi a dos mujeres platicando frente a una casa.
Cuando me vieron, dejaron de hablar. Una de ellas le susurró algo a la otra y la otra me miró con lástima. Sí, era lástima, como si supiera algo que yo no sabía. Me acerqué a ellas. Les dije, “Buenas tardes.” Ellas contestaron, “Buenas tardes.” Pero no dijeron nada más, solo se miraron entre ellas. Una murmuró algo que no alcancé a escuchar bien, pero me pareció oír. Ay, pobre Camila, ojalá no sepa. Sentí un escalofrío. ¿Qué era lo que no debía saber?
¿De qué tenían lástima? Apreté el paso. Quería llegar ya. Quería entender qué estaba pasando. Mi casa quedaba al final de la calle principal, casi saliendo del pueblo. Era un camino que yo conocía de memoria. Lo había recorrido miles de veces de niña, de joven, antes de irme. Pero ahora, caminando por ese mismo camino, sentía que todo era distinto, como si estuviera entrando a un lugar desconocido. Y entonces la vi, mi casa, mi corazón se detuvo. La casa estaba deteriorada.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
