El sillón lo compramos hace 3 años. Bueno, es que tú sabes cómo son las cosas, se desgastan. Mentira. Yo sabía que era mentira, pero no dije nada todavía. Caminé hacia la cocina. Ahí estaba la estufa que yo había mandado, pero estaba sucia. No parecía que la hubieran usado en días. Abrí el refrigerador casi vacío. Solo había una botella de agua y unas tortillas viejas. ¿No has comido, mamá? Sí, he comido. Es que hoy no he ido al mercado.
Otra mentira. Yo lo sentía, lo sabía. Regresé a la sala. Sobre una silla de plástico había unos papeles. Me acerqué. Mi mamá se puso nerviosa. Ay, hija, deja. Yo guardo eso, pero ya era tarde. Ya los había visto. Eran avisos de cobranza, cartas de un banco, documentos legales. Los agarré. Mi mamá intentó quitármelos, pero yo me hice hacia atrás. Empecé a leer. Último aviso. Pago vencido. Proceso de embargo. Hipoteca. Hipoteca. Levanté la vista. Miré a mi mamá.
¿Qué es esto? Ella empezó a llorar, se tapó la cara con las manos. Ay, hija, perdóname. Perdóname. ¿Qué es esto, mamá? Repetí con la voz más fuerte. ¿Por qué hay una hipoteca de la casa? ¿Por qué hay avisos de cobranza? Ella lloraba y lloraba, no podía hablar. Yo seguí leyendo los papeles y lo que descubrí me dejó sin aire. La casa estaba hipotecada. Mi mamá pedido un préstamo grande usando la casa como garantía y no había pagado.
Llevaba meses sin pagar. El banco estaba a punto de quitarnos la casa. “Mamá”, le dije sintiendo cómo me temblaba la voz. Yo te mando dinero cada quincena. ¿Dónde está ese dinero? ¿Por qué no has pagado? Ella se dejó caer en el sillón viejo. Seguía llorando. Seguía sin poder hablar. Yo me senté frente a ella. Sentía una presión horrible en el pecho, como si me estuvieran apretando el corazón con las manos. Mamá, necesito que me digas la verdad.
¿Qué pasó? ¿Dónde está el dinero que yo mando? Ella respiró hondo, se limpió las lágrimas con el delantal y finalmente habló con una voz quebrada llena de vergüenza. Se fue el dinero. Se fue. ¿A dónde se fue? Ella me miró. Y en sus ojos vi algo que nunca había visto antes. Culpa. Culpa profunda, dolorosa. Tu hermano susurró ángel. Él él tiene problemas. Sentí que el piso se movía debajo de mí. ¿Qué clase de problemas? Juega, apuesta, debe dinero.
Mucho dinero. No podía creerlo. No quería creerlo. ¿Y tú qué hiciste? Yo traté de ayudarlo. Pagué sus deudas. una vez, dos veces, tres veces, pero él no paraba y los cobradores venían, amenazaban, decían que le iban a hacer daño si no pagaba y el dinero que yo mandaba. Ella agachó la cabeza, se fue en eso, en pagar sus deudas y cuando ya no alcanzaba, pedí prestado. Vendí los muebles, hipotequé la casa. El mundo se detuvo. Todo lo que yo había trabajado, todo lo que yo había sacrificado.
17 años de mi vida, 17 años limpiando casas, 17 años sin tener nada para mí, 17 años mandando cada centavo. Para esto, ¿por qué no me dijiste? Le pregunté. Mi voz salió como un grito ahogado. ¿Por qué me mentiste todos estos meses? Porque no quería que te preocuparas. Soyzó. Porque pensé que iba a poder arreglarlo. ¿Por qué? Porque tenía vergüenza, hija. Vergüenza. Repetí. Vergüenza de qué? De decirme que mi hermano estaba destruyendo todo. De avisarme que estaban a punto de quitarnos la casa.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
