Esa noche no pude dormir. Me quedé en mi viejo cuarto, el cuarto donde crecí mirando el techo. Ya no había cama, solo un colchón viejo en el piso. Las paredes estaban vacías. Antes tenía pósters, fotos, recuerdos. Ahora no había nada. Mi mamá se había encerrado en su cuarto. No salió. No cenamos juntas. No hablamos más esa noche. Yo me quedé despierta dándole vueltas a todo, tratando de entender, tratando de procesar lo que acababa de descubrir. Mi hermano Ángel, el niño que yo ayudé a criar, el niño que abracé el día que me fui, el niño
que me dijo, “Yo voy a cuidar a mamá.” Ese niño ahora era un hombre de 31 años que había destruido todo. ¿Cómo había pasado? ¿Cuándo empezó a jugar? ¿Cuándo se convirtió en esto? Y mi mamá, mi mamá que siempre había sido mi héroe, la mujer que me crió, la mujer que me enseñó a trabajar duro, la mujer que me decía, “Que Dios te bendiga, hija!” Cada vez que yo mandaba dinero, esa mujer me había mentido durante meses, tal vez años.
Me había ocultado la verdad mientras yo seguía trabajando como burro, creyendo que todo estaba bien. A la mañana siguiente, cuando salió el sol, salí de mi cuarto. Mi mamá ya estaba despierta. Estaba sentada en la cocina tomando café. Tenía la mirada perdida. Parecía que había envejecido 10 años en una noche. Me senté frente a ella. No dije nada al principio, solo la miré. Ella tampoco habló. Solo tomaba su café en silencio. Finalmente yo rompí el silencio. Necesito que me cuentes todo, mamá, desde el principio, sin mentiras, sin secretos, todo.
Ella dejó la taza sobre la mesa, respiró hondo y empezó a hablar. Me contó que Ángel había empezado a jugar hace como 5 años. Al principio solo eran apuestas pequeñas, fútbol, peleas de gallos, cosas que en el pueblo eran normales. Pero luego empezó a ir a Zacatecas, a casinos clandestinos, a meterse con gente peligrosa. Perdía, ganaba, volvía a perder y cada vez las deudas eran más grandes. La primera vez que mi mamá se enteró, él le pidió dinero prestado.
Le dijo que era para un negocio. Ella le creyó. le dio dinero del que yo mandaba. Él prometió devolverlo. Nunca lo hizo. Luego vinieron los cobradores, hombres con caras serias, con amenazas. Decían que si Ángel no pagaba iba a tener problemas, grandes problemas. Mi mamá se asustó. Vendió unas joyas que le había regalado mi papá. Pagó. Los hombres se fueron, pero regresaron porque Ángel volvió a jugar. volvió a perder y así una y otra vez, un ciclo sin fin.
Mi mamá pagando, Ángel prometiendo que iba a cambiar. Ángel volviendo a las apuestas. ¿Por qué no me dijiste? Le pregunté. ¿Por qué seguiste pagando en lugar de decirme la verdad? Ella empezó a llorar otra vez. Porque es tu hermano, Camila. Porque tenía miedo de que le hicieran daño. ¿Por qué? Porque yo soy su mamá. Y las mamás protegen a sus hijos. Y yo le dije sintiendo como la rabia me subía por el pecho. Yo, ¿qué soy? ¿No soy tu hija también?
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
