Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

No merezco que me protejas a mí. No merezco la verdad. Sí, hija, pero tú eres fuerte. Tú siempre has sido fuerte. Tú puedes con todo. No le dije. No puedo con todo. Soy humana mamá. Me canso, me duele, me rompo y esto, esto me rompió. Ella agachó la cabeza. Lo siento, hija, de verdad, lo siento. ¿Cuánto se debe?, pregunté. Ella tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz era apenas un susurro. 200,000 pesos entre el banco y los prestamistas.

200,000 pesos. Una fortuna. Años de trabajo, años de mi vida. Y Ángel, pregunté, ¿élva a pagar algo? ¿Él va a hacerse responsable? Mi mamá no contestó y su silencio me dio la respuesta. No, Ángel no iba a hacer nada porque Ángel nunca hacía nada. Porque mi mamá nunca le exigía nada. Porque Ángel era el hijo hombre, el bebé, el consentido. Y yo era la hija mayor, la fuerte, la que tenía que cargar con todo siempre. ¿Sabes qué es lo peor de todo, mamá?

Le dije, “No es el dinero, no son los muebles vendidos ni la casa hipotecada. Lo peor es que me mentiste. Lo peor es que no confiaste en mí. Lo peor es que durante todos estos meses, mientras yo trabajaba y trabajaba creyendo que todo estaba bien, tú me mirabas a los ojos a través de una pantalla y me mentías. Perdóname, hija. Perdonarte. repetí, “¿Cómo voy a perdonarte, mamá? ¿Cómo voy a perdonar 17 años tirados a la basura por las mentiras y los errores de alguien más?” Ella lloraba.

Yo también, pero mis lágrimas ya no eran solo de rabia, eran de desilusión, de tristeza profunda, de la sensación horrible de que todo por lo que había luchado no había valido la pena. Me levanté de la mesa. No podía seguir ahí, no podía seguir viéndola. Salí de la casa, caminé por el pueblo y todos me miraban, todos ya sabían. En los pueblos chicos todo se sabe. Y yo me sentía como la tonta, como la que trabajó toda su vida para nada, como la que confió ciegamente y fue traicionada.

Esa tarde los cobradores llegaron. Dos hombres en una camioneta tocaron la puerta. Preguntaron por Ángel. Mi mamá les dijo que no estaba. Ellos preguntaron cuándo iba a pagar. Ella dijo que no sabía. Yo salí, los miré y les dije, “Él no va a pagar porque no tiene dinero, porque es un irresponsable.” Ellos me miraron, uno de ellos dijo, “Pues entonces alguien tiene que pagar. o se quedan sin casa. Y se fueron. Mi mamá me miró con ojos suplicantes.

Camila, tú puedes ayudar. Tú siempre has ayudado. Y ahí estaba la pregunta que yo sabía que vendría. La expectativa, la carga. ¿Iba a volver a salvarlos? ¿Iba a volver a sacrificarme por errores que no eran míos? No supe qué contestar porque una parte de mí quería decir que sí, porque era mi familia, porque eran mi sangre. Pero otra parte de mí, otra parte de mí quería gritar que no, que ya había dado suficiente, que ya había perdido suficiente y no sabía cuál de esas dos partes iba a ganar.

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