Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

La mujer del banco se fue, me dejó los papeles, me dejó con la decisión. Esa noche hablé con mi mamá. Mamá, le dije, si yo pago esta deuda, necesito que me prometas algo. Ella me miró con esperanza. Lo que sea, hija. Necesito que Ángel se vaya de esta casa. Necesito que busque ayuda. Necesito que no vuelvas a darle dinero. Necesito que pongas límites. Su cara cambió. La esperanza se convirtió en duda, en miedo. Pero hija, es tu hermano.

No puedo echarlo. Si puedes, le dije. Porque si no lo haces, yo no voy a pagar nada y vamos a perder la casa. Y va a ser tu decisión, no la mía. Ella empezó a llorar. Camila, no me hagas elegir entre mis hijos. No te estoy haciendo elegir, le dije. Te estoy pidiendo que protejas lo que queda de esta familia, porque si Ángel sigue aquí va a destruir todo otra vez. Pero ella no podía, no podía hacerlo porque para ella Ángel siempre iba a ser el bebé, el hijo hombre, el que necesitaba protección.

Y yo siempre iba a ser la fuerte, la que aguanta, la que resuelve. Pasaron los días, yo no dormía, no comía bien, me la pasaba sentada en esa sala vacía pensando, pensando en todo lo que había perdido, en todos los años que di, en todo lo que sacrifiqué. Pensaba en las casas que limpié en Los Ángeles, en las rodillas que me dolían, en las manos agrietadas, en las noches que lloré de cansancio, en las Navidades que pasé sola, en los cumpleaños que nadie me celebró, en la vida que no viví.

¿Y para qué? para terminar aquí, en esta casa vacía, con una familia rota, con una madre que me mintió y un hermano que huyó. Una tarde, mientras caminaba por el pueblo, vi a un grupo de hombres afuera de una tienda. Reconocí a uno. Era uno de los que había venido a cobrar. Me vio, se acercó. ¿Ya pensaste en cómo van a pagar?, me preguntó. Todavía no, le dije. Pues piénsale rápido, dijo, porque tu hermano no aparece y alguien tiene que responder.

Yo no tengo que responder por las deudas de mi hermano, le dije. Pues tu mamá firmó unos papeles dijo él, y tu mamá vive en esa casa, así que sí tienen que responder. Me fui de ahí temblando, asustada, enojada. Todo se estaba desmoronando y yo estaba en medio tratando de decidir si iba a salvarlos otra vez o si finalmente iba a salvarme a mí misma. Han pasado varias semanas desde que llegué a San Miguel de Las Palmas, varias semanas desde que descubrí la verdad y todavía estoy aquí tratando de entender, tratando de sanar, tratando de decidir qué voy a hacer con mi vida.

He aprendido muchas cosas en estas semanas, cosas dolorosas, cosas que nunca imaginé que tendría que aprender. Aprendí que el amor no siempre es suficiente. Yo amaba a mi familia, yo di todo por ellos, pero mi amor no fue suficiente para protegerme de sus mentiras, no fue suficiente para evitar que me traicionaran. Aprendí que el sacrificio no siempre es valorado. Durante 17 años yo me sacrifiqué. Dejé mi vida, trabajé hasta el cansancio, mandé cada centavo y pensé que eso significaba algo.

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