Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

Pensé que mi familia iba a cuidar lo que yo construí, pero no lo hicieron. Aprendí que las madres no siempre son justas. Yo crecí creyendo que mi mamá nos amaba a todos por igual, pero la verdad es que ella siempre tuvo un hijo favorito y ese hijo no fui yo. Por más que yo hiciera, por más que yo diera, nunca fui la prioridad. Aprendí que la familia no siempre es un lugar seguro. Yo crecí escuchando que la familia es lo más importante, que la sangre es sagrada, que uno siempre tiene que estar ahí para los suyos.

Pero nadie me dijo que a veces la familia también te puede hacer daño, que a veces la familia te puede mentir, que a veces la familia te puede usar. Y aprendí algo más, algo que me costó mucho aceptar. Aprendí que cuidar de mí misma no es egoísmo, es supervivencia. Durante toda mi vida yo pensé que ser buena hija significaba darlo todo, significaba sacrificarme, significaba poner a mi familia antes que a mí. siempre, pero ahora entiendo que eso estaba mal, porque yo también importo, mi vida también importa, mis sueños, mis necesidades, mi bienestar, todo eso también importa.

No soy egoísta por querer protegerme. No soy mala hija por poner límites. No soy traidora por decir, “Ya no puedo más.” Soy humana y los humanos tenemos derecho a cuidarnos, a protegernos, a no cargar con todo el peso del mundo. He pensado mucho en mi papá, en la promesa que le hice. Cuida a tu mamá, cuida a tus hermanos. Y yo cumplí esa promesa. Durante 17 años la cumplí, pero nunca me dijo, “Cuídate a ti también, Camila.

No te pierdas en el camino. Tal vez si me hubiera dicho eso, las cosas habrían sido diferentes. He hablado con otras mujeres del pueblo, mujeres que también se fueron a Estados Unidos, mujeres que también mandaron dinero durante años y muchas de ellas me han contado historias parecidas. Familias que gastaron mal el dinero, hijos que se volvieron irresponsables, madres que mintieron para proteger a alguien. Parece que esta historia se repite una y otra vez. Las hijas que se van, las hijas que trabajan, las hijas que sostienen y las familias que toman y toman hasta que ya no queda nada.

Una de esas mujeres me dijo algo que me quedó grabado. Camila, tú no puedes salvar a alguien que no quiere ser salvado y no puedes incendiar tu vida para mantener caliente a alguien más. Tiene razón. Ángel no quiere cambiar. Mi mamá no quiere poner límites y yo no puedo obligarlos. Lo único que puedo hacer es decidir qué voy a hacer yo con mi vida, con mi futuro. Y esa decisión, esa decisión me la he estado evitando porque es difícil, porque duele, porque significa aceptar que no puedo arreglar esto, que no puedo salvarlos, que tal vez tal vez ya es hora de que me salve a mí misma.

A veces pienso en los 17 años que pasé en Los Ángeles, en todo lo que no hice. No tuve hijos, no me casé, no compré una casa, no viajé, no viví, solo trabajé y mandé dinero y confié. Y ahora me pregunto, ¿valió la pena? La respuesta duele, porque no. No valió la pena así. No de esta manera, no terminando en mentiras y traiciones. Pero tal vez, tal vez algo bueno puede salir de esto. Tal vez puedo aprender, puedo crecer, puedo empezar de nuevo.

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