Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

Pero si era enfermedad, ¿por qué los vecinos no contestaban? ¿Por qué mi tía no me decía nada? Pensé en otras posibilidades. Tal vez la casa se había dañado, tal vez había habido una inundación y mi mamá sentía vergüenza de decirme, tal vez el dinero que yo mandaba no había alcanzado para arreglarla, pero eso tampoco tenía sentido. Yo mandaba suficiente dinero. Yo siempre mandaba suficiente. Una parte de mí no quería saber la verdad. Porque cuando una siente tanto miedo de descubrir algo, es porque en el fondo ya lo sabe o al menos lo sospecha.

Había algo que mi mamá me estaba ocultando, algo grande, algo que ella no quería que yo supiera. Y lo peor de todo era pensar, ¿por qué? ¿Por qué mi propia madre me mentiría? Yo le había dado todo. Yo había dejado mi vida, mi juventud, mis sueños, todo por ella, por mi familia. Y así me pagaba, con mentiras, con secretos. Traté de convencerme de que estaba exagerando, que tal vez solo era mi imaginación, que tal vez mi mamá estaba pasando por un momento difícil y pronto me lo iba a contar, que solo necesitaba tiempo.

Pero pasaban las semanas y nada cambiaba. Cada vez que lograba hablar con ella era lo mismo. Conversaciones cortas, respuestas evasivas, esa frase repetida como mantra. No vengas todavía, hija. Un día estaba limpiando la casa de una señora en Beverly Hills, una casa enorme, llena de cosas caras. Y mientras pasaba la aspiradora, pensé, yo llevo 17 años limpiando casas ajenas para que mi familia tenga una casa propia y ni siquiera sé si esa casa todavía existe. Ese pensamiento me rompió.

Me senté en el piso de esa cocina lujosa y lloré. Lloré como no había llorado en años. Lloré por el cansancio, por el miedo, por la incertidumbre, por la sospechable de que algo estaba muy mal. La señora para la que trabajaba me encontró así. Me preguntó qué me pasaba. Yo no le pude explicar, solo le dije, “Necesito ir a México. Necesito ver a mi familia.” Ella fue muy amable. Me dijo, “Tómate el tiempo que necesites, Camila. La familia es lo primero.” Esa noche tomé la decisión.

Iba a regresar a San Miguel de Las Palmas sin avisar. Sin darle tiempo a mi mamá de prepararme otra mentira, iba a llegar y ver con mis propios ojos qué estaba pasando. Tenía miedo, mucho miedo, porque cuando una decide buscar la verdad, tiene que estar preparada para encontrarla. Y la verdad no siempre es lo que una quiere escuchar, pero ya no podía seguir viviendo con esa angustia. Necesitaba saber, aunque me doliera, aunque me destruyera, necesitaba saber. Pedías de descanso en todos mis trabajos.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.