Regresé de EE.UU sin avisar… y mi mamá ocultaba algo terrible…

La pintura que yo había apagado hacía unos años estaba descascarada. Las ventanas se veían sucias. El jardín que mi mamá siempre mantenía limpio, estaba lleno de hierba seca. La reja estaba oxidada. ¿Qué había pasado? Yo mandaba dinero. Yo mandaba suficiente dinero para mantener la casa. ¿Por qué se veía así? Me acerqué despacio. Mis piernas temblaban. No sabía si era por el cansancio del viaje o por el miedo de lo que iba a encontrar. Llegué hasta la puerta.

Era una puerta de metal que yo había mandado poner hace años. Ahora tenía manchas de óxido. Había un candado viejo colgando. Levanté la mano. Toqué. Toc. Toc. Toc. Esperé. Escuché pasos adentro, lentos, pesados, como si la persona que venía a abrir no quisiera hacerlo. La puerta se abrió y ahí estaba ella, mi mamá. Doña Rosalía, 68 años, más delgada de lo que recordaba, más vieja, con el pelo completamente blanco, con ojeras profundas, con la mirada de alguien que no ha dormido bien en mucho tiempo.

Pero lo que más me impactó no fue su apariencia, fue su expresión. Cuando me vio parada ahí, su cara no mostró alegría, no mostró sorpresa feliz, no gritó mi nombre emocionada. Su cara mostró terror absoluto, abrió los ojos enormes, se llevó las manos a la boca y susurró con una voz quebrada, “¿Qué haces aquí? ¿Por qué no me avisaste?” No dijo, “Hija, qué gusto verte.” No, dijo, “Pasa bienvenida.” No me abrazó, solo me preguntó por qué estaba ahí, como si mi presencia fuera un problema, como si yo fuera una amenaza.

Y en ese momento, todo lo que había sospechado, todo lo que había temido, se confirmó. Mi mamá me estaba ocultando algo, algo terrible, y yo acababa de llegar sin avisar a descubrirlo. Me quedé parada frente a mi mamá sin saber qué decir. Esperaba un abrazo, esperaba lágrimas de felicidad, esperaba que me dijera lo mucho que me había extrañado, pero lo único que vi fue miedo. Miedo en sus ojos, miedo en sus manos temblorosas, miedo en su voz.

Mamá”, le dije, “vengo de visita. ¿No te da gusto verme?” Ella tragó saliva, miró hacia atrás, hacia dentro de la casa, como si estuviera checando algo. Luego volvió a mirarme y dijo, “Sí, hija, claro que me da gusto. Es que me agarraste desprevenida. No esperaba, no sabía que no sabías que iba a venir. Terminé la frase por ella. Por eso no te avisé. quería darte una sorpresa. Ella intentó sonreír, pero fue una sonrisa falsa, forzada, dolorosa de ver.

¿Puedo pasar?, le pregunté. Ella dudó, literalmente dudó si dejarme entrar o no a la casa, a mi casa, a la casa que yo había mantenido durante 17 años. Finalmente se hizo a un lado. Sí, pasa. Perdón, es que la casa está algo desordenada. Entré con mi maleta y lo que vi me rompió el corazón. La sala estaba casi vacía. El sillón que yo había mandado comprar hace unos años no estaba tampoco la mesa de centro ni la televisión nueva.

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