El día que mis hijas "ciegas" corrieron hacia un desconocido
Si me hubieran preguntado esa mañana, les habría dicho que mis tres hijas jamás cruzarían solas un parque lleno de gente. Las habían diagnosticado ciegas desde que nacieron. Todos los médicos, todos los informes, todos los especialistas habían dicho lo mismo.
Pero esa tarde en el centro de Seattle, todo lo que creía saber sobre mis hijas se hizo añicos.
Estaba revisando mis correos en el móvil mientras nuestra niñera, Mia, les cogía de la mano cerca de las fuentes. Aubrey, Lila y Maren —trillizas de cuatro años con vestidos rojos iguales— solían estar pegadas a un adulto, contando pasos y recorriendo cada banco con los dedos.
Esta vez, algo cambió.
"¡Papá, espera!". Aubrey soltó de repente la mano de Mia. Antes de que Mia pudiera reaccionar, las tres echaron a correr.
No era el paso lento y vacilante al que estaba acostumbrada. Corrieron a toda velocidad.
Corrieron en línea recta por el concurrido parque, sorteando cochecitos y perros, esquivando gente, sin tropezar con una sola grieta en el pavimento.
Mi teléfono se me resbaló en la mano.
"¡Aubrey! ¡Lila! ¡Maren!", grité.
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