Respiré hondo. «Es tu hija, Ethan. Pero eso no significa que puedas volver a mi vida como si nada hubiera pasado».
—Eso no es lo que quiero —dijo rápidamente—. Quiero ser responsable.
“¿Para el bebé?”
"Para los dos."
Lo observé atentamente. Ya no era el hombre seguro con el que me casé. Parecía destrozado, asustado y avergonzado.
"Se supone que te casarás en dos días", dije.
—Ya no —respondió con firmeza—. Lo cancelé.
Eso me sorprendió más que cualquier otra cosa.
Durante los siguientes días, Ethan se presentó con discreción y respeto. Aprendió a sostener a su hija, a cambiar pañales y a sentarse a mi lado sin pedir perdón.
Pero el perdón no fue la parte más difícil.
La parte más difícil fue preguntarse si la confianza podría volver a existir.
Una noche, mientras el atardecer se filtraba por la ventana del hospital, Ethan susurró: «No espero que me aceptes de nuevo. Pero nunca me alejaré de mi hijo. Jamás».
Miré a mi hija dormida y sentí que caían las lágrimas.
La vida no siempre te destroza de forma drástica. A veces te desgasta poco a poco y luego te pregunta si eres lo suficientemente fuerte para reconstruir.
Y aún no sabía cuál era mi respuesta.
Tres meses después, mi vida no se parecía en nada a lo que había imaginado.
Ya no vivía con miedo ni rabia. Tenía mi propio apartamento, un trabajo estable y una hija que se iluminaba cada vez que oía la voz de su padre. Sí, su padre. Ethan nunca faltaba a una visita. Nunca llegaba tarde. Nunca ponía excusas.
Pero no estábamos juntos. Todavía no.
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