“¡Señor, no puede traer animales aquí!” — La sala de emergencias quedó en silencio cuando un perro militar ensangrentado entró cargando a un niño moribundo. Lo que encontramos en su muñeca lo cambió todo.

—No pasa nada —dije en voz baja, sorprendida por lo tranquila que sonaba mi voz—. Lo hiciste bien. Déjanos ayudarla.

Durante un largo instante, el perro me miró fijamente, como si pesara algo mucho más profundo que el instinto. Entonces emitió un sonido que aún resuena en mi memoria —un gemido entrecortado, más de miedo que de agresión— y se hizo a un lado antes de desplomarse en el suelo.

—¡Código Azul, pediatría! —grité—. ¡Traigan una camilla, ya!

Nos movimos rápido. La niña estaba helada, peligrosamente fría. Tenía los labios teñidos de azul, el pulso débil, pero aún presente. Al levantarla, el perro se puso de pie con dificultad a pesar de una evidente cojera, aferrándose a la camilla como si temiera que desapareciéramos.

"Estás sangrando", dijo Allison señalándolo.

Seguí su mirada con un nudo en el estómago. La sangre le empapaba el hombro izquierdo, oscura contra su pelaje enmarañado por la lluvia.

—Se queda —dije cuando Frank empezó a protestar—. Me da igual lo que diga la política.

En Trauma Uno, la sala estalló en movimiento y ruido: las vías intravenosas se colocaron con un chasquido, los monitores emitían números que nadie quería ver. Al cortar la chaqueta del niño, mis manos se detuvieron en seco.

Los moretones eran innegables. Humanos. Con forma de dedo. Y alrededor de su muñeca, los restos de una atadura de plástico, roídos con fuerza desesperada.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.