Una vez.
Dos veces.
Luego todo se volvió oscuro.
Las luces de emergencia inundaron el pasillo de rojo mientras Atlas se levantaba, con los dientes al descubierto, el cuerpo rígido y mirando hacia el pasillo.
“Está aquí”, susurré.
Una voz tranquila resonó en la oscuridad: «Doctor, solo quiero a mi hija».
Parker levantó su arma. «Grant, acércate a la luz».
—No puedo —respondió la voz suavemente—. No después de lo que he hecho.
Una sombra se movió por el pasillo.
Atlas me miró, luego miró hacia el ala CT, y comprendí con escalofriante claridad lo que estaba a punto de hacer.
"Encuéntrala", susurré.
Él corrió.
Lo que siguió fue un caos que se medía en segundos: Parker avanzaba con cautela, se gritaban órdenes, se oían pasos que se alejaban; luego, silencio, roto solo por un ladrido agudo de Atlas. Un sonido que parecía un veredicto.
Encontramos a Grant Holloway desplomado contra la pared cerca de la tomografía computarizada, con el arma tirada, las manos temblorosas y la mirada vacía. Atlas se interponía entre él y la puerta del escáner.
—Está viva —dije en voz baja—. Gracias a ustedes. A ambos.
Grant se derrumbó en sollozos, repitiendo su nombre como si fuera una confesión.
La investigación que siguió fue larga, dolorosa y profundamente humana: estuvo llena de terapeutas, defensores y un sistema que, por una vez, eligió la curación en lugar del castigo.
Maeve se recuperó.
Atlas se retiró oficialmente y se adaptó a una vida más tranquila de delicias de mantequilla de maní y tardes soleadas.
Grant recibió ayuda. Ayuda de verdad.
Y esa noche aprendí que a veces la línea entre el peligro y la salvación tiene cuatro patas, patas embarradas y un corazón que se niega a rendirse.
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