Sofía lloró en su propia boda tras casarse con un hombre mayor y rico para salvar a su familia. En su noche de bodas, él fue al baño... y al salir, Sofía casi se desmaya.

Y así comenzó una convivencia que ninguno de los dos había planeado... pero que cambiaría el destino de ambos.

Los días siguientes fueron extraños para Sofía. No hubo amor, pero tampoco rechazo. Vivían en la misma casa, compartían desayunos y cenas, y aunque cada uno dormía en su habitación, la tensión emocional era constante. Esteban se mantenía respetuoso, incluso excesivamente distante, como si temiera entrometerse en lo que no le pertenecía.

Sofía, por su parte, empezó a notar detalles que antes había pasado por alto. Su marido era meticuloso. Pero atento, reservado y sorprendentemente considerado. Nunca exigía nada. Nunca alzaba la voz. Se comportaba con cautela en terreno emocional delicado.

Un día, mientras organizaba unos documentos en la oficina, encontró una carpeta escondida en el último cajón del escritorio. Al abrirla, descubrió cartas, fotografías y viejos recortes de periódico. Su madre aparecía en varias imágenes, sonriendo, muy joven.

No eran fotos románticas. Eran recuerdos de una profunda amistad, casi familiar.

Sofía sintió un nudo en la garganta. Comprendió, quizás por primera vez, que la historia entre Esteban y su madre no había sido una obsesión, sino un cariño real y sincero que él había conservado con dignidad.

Esa noche, decidió hablar con él.

“Vi la carpeta en la oficina”, dijo con cautela.

Esteban palideció.

“No quería que la vieras así… sin explicártelo.”

“Entiendo”, la interrumpió. “Y sé que lo que sentías por mi madre no era nada sucio ni inapropiado”.

Él levantó la vista, sorprendido.

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